sábado, marzo 31, 2012

LA SIRENA DEL LAGO DE ILOPANGO

Foto: Lago de Ilopango.


Historias de mi pueblo. (1996).

Néstor Danilo Otero.


Hace muchos años, me contó mi abuelo, en un pueblecito de mi amada patria, llamado, Tenancingo, vivió una familia que por generaciones se había dedicado a la pesca artesanal, hasta que les acaeció una historia que los marcaría para siempre. Y fue el suceso de que Pedro, el menor de cinco hermanos, todos pescadores, había desaparecido en las mansas aguas del Lago de Ilopango, en una noche de verano y luna llena, de una de las dos canoas, que llevaban a cabo la pesca. La distancia entre las canoas era apenas de diez metros, cuando en un abrir y cerrar los ojos, sus hermanos, lo perdieron de vista. Era como si el lago se lo hubiera tragado. Al día siguiente, fueron en vanas todas las búsquedas, por lo que el cuerpo de Pedro, no apareció ni vivo ni muerto por ningún lado. Todo el pueblo, lo daba por fallecido. Siendo una población muy religiosa, no faltaron los rezos, las misas, y la respectiva cruz, en el cementerio municipal. - ¿Cómo pudo ser posible?, cuestionaban los familiares y amigos, entre sollozos y lamentos. Una vez pasado el verano, apareció Pedro, sin avisar como agua de mayo. Antes de llegar a su casa, prefirió pasar al rancho de su gran "chero", Felipe. Pasada la admiración de Felipe, éste, lo puso al tanto a Pedro, y le contó que todo Tenancingo, lo daba por ahogado. Después de tomar unos sorbos de café, Pedro empezó a contarle a Felipe todo lo ocurrido, no sin antes pedirle de favor de que le guardara este buen secreto: - Mira, lo que me pasó en el lago de Ilopango, fue algo muy raro, vos bien sabes de que a mí no me gusta echarme los "tragos"...bien sabes que soy un hombre serio.



- Fíjate de que me fui "chuco”, pues, yo miraba que una silueta se movía en el agua. Se trataba de una "cipota" que me llamaba con sus dos manos alzadas, como pidiéndome ayuda. Vos vieras, ¡qué "chula" estaba la jodida!



- ¡Achís!, ¿qué no era la ziguanaba?... Contame, ¿cómo era ella?



- Mira, era rubia, y su cabello color de trigo se le dejaba caer hasta los pechos. Sus ojos azules, reflejo del lago, tenían una mirada hermosamente angelical. Su boca dibujaba un amor. Podría comparar toda su hermosura con la luz de la luna. En lo que traté de acercármele para ayudarla, me jaló, y de un solo envite perdí el sentido. Cuando desperté, estaba atado con unas cadenas, a tres pasos ella, mirándome con gran ternura, en lo que me hacía señas para que comiera. Me hablaba muy fuerte con su pensamiento. Aquél lugar, donde aparecí, era un palacio, recubierto de fino oro. El piso era de exclusiva cerámica. Había servidumbre. Se escuchaban canciones revestidas de dulzura y todos los días se comía pescado. Fue en ese lugar que reparé que la "cherita" tenía cola de pez. Era mitad mujer, mitad pez. De verdad, ¡cosa muy rara!



- Entonces, se trataba de la sirena…



- ¿Sirena, decís?



- Sí, la sirena del Lago de Ilopango.



- Pueda ser...cada segundo, en el palacio de aquella dama, se hinchaba hasta durar una eternidad.



- Y... ¿cómo fue que saliste de ese lugar?



- Fíjate que una de las sirvientas de la dizque sirena me ayudó a salir. Me preguntó si me quería ir, a lo que le contesté que sí. Me dijo además, de que me iba ayudar a salir, pero con la condición de que no contara nada a nadie de lo que había visto, porque sino moriría a los siguientes tres meses de contarlo.



- ¡Ja, ja, ja!, ¿cómo así?



- ¡Así me dijo la condenada!



Aprovechamos un instante en lo que la sirena dormía. La sirvienta me enseñó una escalera que estaba escondida y me dijo que no hiciera ruido, para no despertar a su patrona. Cuando llegué a la cima del palacio, fue como si pasara de una dimensión a otra. Al ratito ya estaba en la superficie, pidiendo auxilio en la Isla de los Patos. Unos pescadores de turno me rescataron.



***
Pedro regresó a casa, con la compañía de Felipe, quien le ayudó a explicarles a su madre y hermanos, lo que había ocurrido. ¡Claro!, ayudándole a decir, medias verdades, medias mentiras, a fin de procurarle el secreto a Pedro. Sin embargo, a los pocos días, el secreto de Pedro, era el secreto de todo el pueblo de Tenancingo, porque este se transmitió de confianza en confianza, entre amigos y familiares. Curiosamente, Pedro H., murió en aquel pueblo, de una desconocida enfermedad, exactamente a los tres meses de haber llegado a su tierra natal y de haber contado su instancia en el palacio de la sirena del Lago de Ilopango. ¿Veraz o no esta historia?...lo más importante es que forma parte de las historias de mi pueblo.