domingo, junio 18, 2006

ENSAYO: EL MAPA NO ES EL TERRITORIO: NOTAS EN TORNO A LA POESÍA JOVEN DE VALPARAÍSO


EL MAPA NO ES EL TERRITORIO: NOTAS EN TORNO A LA POESÍA JOVEN DE VALPARAÍSO
Ismael Gavilán
Valparaíso, Chile, Septiembre 2004
(Tomado de la revista trimestral "Los Poetas del 5", edición 5 de febrero
de 2005)



Dar cuenta de la poesía escrita en Valparaíso pareciera ser fácil: por un lado, Valparaíso es una palabra que de una u otra forma, evoca una atmósfera de disolución sensorial, espontaneidad deslumbradora y asombro permanente para quien descubre sus calles y cerros de ritmo ondulante. Palabra asociada a un lugar, a un paisaje, a una manera de ver las cosas en su herrumbre disociativa y natural es, ciertamente, el sitio perfecto para haber erigido la institucionalidad cultural de nuestro país (sea lo que signifique eso). Por lo tanto el viejo ideal romántico de asociar la productividad artística con un espacio determinado sigue vigente a la hora de ver por vez primera lo que en Valparaíso o en sus alrededores se escribe en materia poética. Es algo similar a lo acontecido cuando se deben precisar las pertenencias de cual o tal autor respecto al país que habitan. De ahí a la pretendida representatividad hay sólo un paso y a esas clasificaciones de sospechosa factura, tal vez dos: poesía chilena, poesía peruana, poesía santiaguina, poesía de provincia...poesía porteña (como si se olvidara que el único habitar posible para un poeta es el lenguaje). Por otro lado, si unimos eso al viejo mito, también de raigambre romántica, acerca de la identidad entre la producción artística (la poética en este caso) y el sujeto que habita un lugar, sin duda obtendremos pingues dividendos a la hora de desear enmarcar, clasificar o explicar la naturaleza peculiar de cualquier desarrollo poético de la índole que sea. Por supuesto que clasificar, enmarcar y explicar no son el paso previo del comprender y mucho menos del entender. Pero más allá de la evidente sociología de oferta barata que se plantea en ello, lo que resta son meras aproximaciones para tantear o bosquejar un mapa que de ninguna manera es definitivo. Y no olvidemos: el mapa nunca es el territorio.

Tal vez estas premisas sean necesarias a la hora de dibujar ese concepto siempre aleatorio y que, hasta nueva innovación y por mera comodidad, denominamos poesía porteña o también poesía escrita en Valparaíso (y que puede y debe ensancharse a sus alrededores) De esta escena, lo que nos interesa a la hora de escribir estas notas, es apreciar a los poetas que caben dentro de un concepto cronológico de juventud y que con generosidad se encuentran entre los 18 y los 35 años aproximadamente. [1] Tan vasto panorama de confluencias vitales y por ende, disímiles, quizás puedan ser rastreadas desde dos perspectivas cronológicas que, de ninguna manera, son infalibles. Por un lado tenemos a los poetas que nacidos entre mediados de la década del 60 y la segunda mitad de la década de los 70, conformarían lo que se ha denominado generación de los 90. [2] Por otro tenemos poetas que nacen entre fines de los 70 y mediados de los años 80 y que por mera acomodación llamamos novísimos [3] Es así que los poetas de Valparaíso pueden ser comprendidos dentro del contexto mayor de la poesía escrita en Chile en la actualidad como parte de un escena que, indudablemente, debe plantearse como polifónica, más allá de rastrear filiaciones de suyo evidentes y a ojos vista, pero que no se encuentran exploradas y mucho menos sistematizadas. Esas filiaciones requerirían en nuestra opinión un ejercicio de lectura comparada que debiese asentar sus premisas en el diálogo entre las producciones textuales de los autores para, a partir de ahí, establecer o clarificar su encuentro, primero con la poesía escrita en Chile en las últimas décadas y segundo con la poesía hispanoamericana y universal. (Nada nuevo ni innovador hay en esto, pero se nos olvida a veces que la poesía no sólo posee el rostro de la novedad, sino también la del diálogo de altura y en que, dadas las opciones socio-políticas de la actualidad, el adanismo resulta ya no ingenuo, sino de mal gusto)

Dadas estas ideas preliminares es posible apreciar que en Valparaíso, existen actualmente una serie variada y amplia de poetas que articulan su decir en las perspectivas cronológicas que se han planteado.

Así, se puede observar, en primer lugar, poetas que entre fines de los años 80 y que durante la década de los 90 hacen su aparición en esta escena y que en la actualidad, consolidan sus proyectos individuales de la más distinta forma. Como enumeración somera y apresurada podemos mencionar a Sergio Madrid (1967) con Voz de locura 1987; El universo menos el sol 2000; Elegía para antes de levantarse 2003; Sergio Muñoz (1968) con Lengua muerta 1998; 27 poemas: lengua en blues 2002; Lengua ósea 2003; Enoc Muñoz (1970) con Pájaros-Lágrimas 1996, Llegar y laberinto 1998, El jardín del mirlo 2002; Enrique Morales (1970) con Adiós a Ilion 1999; Marcelo Pellegrini (1971) con Poemas 1996, El árbol donde envejece la muerte 1997, Ocasión de la ceniza 2003, Partitura de la eternidad 2004; Felipe Hernández (1973) con Reflejos del aire 1995; Návatar 2000; Ismael Gavilán (1973) con Llamas de quien duerme en nuestro sueño 1996, Fabulaciones del aire de otros reynos 1999 y 2002; Juan Eduardo Díaz (1976) con Sombras de Valparaíso 2001; Ángeles ebrios 2002; Eduardo Jeria (1977) con Persona natural 1999; Cristian Geisse (1977) con Calabriadas 2003; entre varios más. Sin embargo ya esta lista queda rezagada a la hora de plantear la necesidad de apertura hacia otras latitudes, pero que no caben, hasta cierto punto, dentro del concepto Valparaíso como figura o espacio centrípeto. Esto se deja en evidencia cuando se rastrea la productividad de los autores recién nombrados y en donde algunos no son residentes de una ciudad asumida como símbolo, sino que se desplazan hacia otros lugares ya físicos como mentales (Pellegrini en Estados Unidos, Enoc Muñoz en Alemania, Hernández en Francia, etc) y que, sin duda, permiten ver la categoría aleatoria de ese concepto mal denominado poesía porteña, por lo menos como un referente difuso y quizás hasta equívoco. Tal vez en esos poetas (como en otros de su generación, oriundos de Santiago: pensamos en Alejandra del Río residente en Alemania, en Marcelo Río Seco, residente en Estados Unidos, lugar donde han ido a parar por estudio o destino, David Preiss y Cristián Gómez por ejemplo) el nomadismo significa un modo de buscar y asumir la individualidad poética, acrecentada a su vez a través de varios procesos paralelos de identificación, como pueden ser el ejercicio de la traducción y el de la lectura de rescate de grandes poetas chilenos del siglo XX [4] . A su vez la presencia de algunos poetas, originalmente pertenecientes al circuito santiaguino y que por diversas razones se han radicado en la zona o han estado de paso antes de emigrar al extranjero como son los casos de poetas como Carolina Celis (1977) y Mario Ortega (1975) que tienen su opera prima ya publicada (Electra de 1996 en el caso de Celis y La leyenda de las sangre y Animal roto de Ortega de 1995 y 2000, respectivamente) amplían este panorama hasta convertirlo en un calidoscopio de interesante y no resuelta definición. Por otro lado, esa apertura se consolida asimismo en varios poetas que residen en la misma región de Valparaíso, pero que, como opción o destino, han preferido dar cuenta de su proyecto poético en relación a lo que podría denominarse el valle del Aconcagua. Tenemos entonces, el contrapunto ideal a una poética porteña (fantasmagórica o no pensada con la soltura teórica suficiente) y que escarba o explora las variantes láricas otorgadas por Jorge Teillier. Entre este otro grupo de poetas es posible dar cuenta, entre varios, de Cristián Cruz (1973) con Pequeño país 2000, Fervor del regreso 2002, La fábula y el tedio 2003; Carlos Hernández (1973) con La hermosa ruralidad de un sueño, 2001; Marco López (1968) con Diálogo nocturno, 2003; Camilo Muró (1974) con Álamo, 2002; Patricio Serey (1974) con Con la razón que me da el ser vivo, 2002 [5]

Estamos así, en presencia de un variopinto grupo de poetas que bordean los treinta años de edad y con proyectos poéticos en vías paulatinas de consolidación, ya con la publicación de sus libros, ya con la inclusión en antologías a nivel regional y nacional, algunos con reconocimientos públicos de primer orden (como premios y becas) que, en sí mismos, son simples datos externos que no condicen y mucho menos condicionan una labor ejecutada concienzudamente en casi todos ellos y que, salvo excepciones, aún no han despertado un interés crítico de importancia en los medios de canonización mediática al uso (revistas, suplementos literarios, diarios, revistas electrónicas, etc). Caracterizar sólo medianamente tal cantidad de autores y obras y rastrear en ellas la peculiaridad de los proyectos que se plantean en relación a la realidad, el lenguaje y la imagen de subjetividad que articulan, es algo que dentro de estas líneas, sería una irresponsabilidad que desembocaría en equívocos mayores. De modo provisional es posible decir que a estos poetas hay que leerlos, no sólo entre ellos, sino también dentro del contexto mayor de la denominada generación de los 90, haciendo dialogar sus poemas con lo más representativo y valedero de poetas tales como Javier Bello, Andrés Anwandter, Germán Carrasco, David Preiss, Armando Roa, Alejandra del Río, Antonia Torres, Kurt Folch entre varios más y a partir de esa eventual visión de conjunto generacional, establecer las pautas de lectura al relacionarlos con la poesía escrita en Chile en los últimos 50 años por lo menos y con la poesía hispanoamericana y universal del mismo periodo, sin olvidar, por supuesto, su diálogo siempre presente con poetas de Valparaíso inmediatamente anteriores a ellos (como pueden ser Pablo Araya, Marcelo Novoa, Álvaro Báez, Arturo Morales, Luis Andrés Figueroa, Alejandro Pérez, Ximena y Guillermo Rivera, entre los más interesantes)

Es así que los poetas porteños de los 90 establecen una apertura hacia un universo de significados diversos, que no se ven en la necesidad de buscar obligatoriamente una identidad territorial de referentes explícitos (la ciudad de Valparaíso como piedra de toque) lo que no significa dejar de reconocer lo aleatorio de los espacios definidos con demasiada premura o dejar, asimismo, de reconocer la experiencia de la ciudad como algo capital a la hora de plantearse ante sí mismos y la poesía que escriben (con toda la contradicción problemática y productiva que ello implica)

En lo que respecta a los poetas nacidos entre fines de los años 70 y mediados de los años 80, es poco y difuso lo que puede decirse. De modo preliminar es observable, desde fines de los 90 y con la entrada en el nuevo siglo, el surgimiento de una gran cantidad de poetas, varios de ellos aún en ciernes respecto a la búsqueda de un lenguaje poético que les caracterice, pero que sin duda llevan a cabo esa búsqueda de la más diversa manera y con resultados variables. En un listado inacabable y por ende al borde de la irresponsabilidad, es posible mencionar a Juan Cristóbal Labarca (1975), Gladys Mendía (1975), Francisco Vergara (1977), Marcelo Soto (1978), Ximena Tamarín (1978), Florencia Smith (1978), Danny Núñez (1979), Constanza Ceresa (1979), Claudio Gaete (1979), Karen Toro (1980), Daniel Tapia (1980), Marcela Parra (1981), Rodrigo Arroyo (1981), Gonzalo Gálvez (1982), Cristóbal Sepúlveda (1983), Raimundo Nenén (1983), Daniela Giambruno (1984), Alberto Cecereu (1986), Xaviera Arancibia (1986),entre muchos otros. [6]

En una situación que al parecer reproduce, pero no imita, con voz propia lo acontecido en el resto del país, podemos en primera instancia efectuar un sondeo de las referencias de estos jóvenes poetas para establecer algunas líneas interpretativas de absoluta provisionalidad. En primer lugar, llama la atención y no como un mero hecho externo, la procedencia de los autores, pertenecientes todos al ámbito universitario, pre-universitario y aún escolar, ya como estudiantes, ya como recién egresados de alguna carrera. Coincidencia o cálculo, este dato sirve para disponer el espacio de común convivencia donde la experiencia literaria se acrecienta, profundiza o por efecto contrario, sirve de estímulo para salir del asfixiante círculo de la rutina. Varios de ellos estudian o han estudiado letras o literatura (Karen Toro, Florencia Smith y Raimundo Nenén en la Universidad de Playa Ancha; Marcelo Soto en la Universidad Católica de Valparaíso; Gladys Mendía en el extranjero: Venezuela) o alguna carrera humanística (Claudio Gaete, psicología; Gonzalo Gálvez y Juan Cristóbal Labarca, derecho; Alberto Cecereu, historia; Danny Núñez y Cristóbal Sepúlveda, filosofía) pero ello no significa que la búsqueda poética que efectúan se encuentre bajo el alero de la institucionalidad universitaria. La rareza de las manifestaciones públicas ya de divulgación o publicación dentro de este ámbito constituyen la nota común salvo contadas excepciones [7] y, en el momento de alguna declaración pública, estos jóvenes, quizás, estarán dispuestos a concebirse como estudiantes o egresados más que como poetas. Esta aparente timidez ante el escenario social que les toca vivir (donde el adjetivo aparente, enmascara actitudes críticas y hasta contestatarias de la más diversa índole y que se cristaliza en el variado tono de asumir la escritura poética) pareciera ser una característica común en el desenvolvimiento de los cultores de la novísima poesía joven de Valparaíso. Al parecer para nuestros autores los espacios no son habitables como instancia de una palabra transformadora, dialogante o de perspicacia crítica que no quede encerrada en los límites de la especialización profesional o en un vitalismo en desarrollo. A diferencia de los poetas de décadas pasadas (y tenemos en mente a la denominada generación del 60) estos poetas, como primera impresión, se retrotraen al discurso de lo privado y a la búsqueda de distintos lugares de posibilidad de intercambio y lectura ya sea en bares, casas o talleres. En este sentido no deja de ser sintomático que la mayoría de estos jóvenes hayan frecuentado el Taller de Poesía que la Fundación Neruda mantiene en el centro cultural La Sebastiana. Con diez años de funcionamiento, este taller no puede pasar inadvertido a la hora de hacer un recuento de los lugares de encuentro y de contacto para el desenvolvimiento de una educación poética–vital incipiente. A escribir se aprende leyendo y en el constante fluir de la experiencia compartida con los pares. De aquel modo no es raro que el lugar donde se efectuó una de las primeras develaciones públicas de los poetas en cuestión, haya sido también el lugar que en su momento propició el que se conocieran como personas y se reconociesen como compañeros en la ruta poética. Este punto de referencia no es, obviamente, el único para intentar una aproximación a estos autores. También es posible rastrear los Talleres de Poesía de la Fundación Balmaceda 1215 que desde 2000 en adelante se ha instalado en Valparaíso con una nutrida participación de decenas de jóvenes que con mayor o menor fortuna han persistido en este escenario. Asimismo la actividad permanente (lecturas de poemas, conferencias, cafés literarios u otras análogas), pero rara vez reconocida y con dificultades materiales enormes, efectuada al interior de las universidades de la zona, centros culturales, bares, pubs o en instancias un poco más informales, habla de una multiplicidad que, sólo como conjunto, es abrumadora. [8] A su vez el desarrollo de pequeñas editoriales en proceso de lenta consolidación como La Cáfila o El espejo de Tinta (nacidas originalmente al alero de la Universidad de Playa Ancha y de la Católica de Valparaíso, respectivamente) reiteran un gesto que, si se afianza, puede convertirse en una bella tradición, ya que es posible conectar esas iniciativas con otras que tuvieron en Trombo Azul de mediados y fines de los años 80 y a Bogavantes en la primera mitad de los 90, un antecedente primordial, pero que en la actualidad han desaparecido. Los puntos de encuentro existen, las manifestaciones públicas, aún en su efímera consistencia, son identificables. Todo ello lleva a reflexionar sobre algo un poco más capital: la mayoría de los poetas novísimos posee un proyecto de publicación o han sido incluidos en alguna de las antologías que en la región han aparecido en los cuatro últimos años o ya han dado el paso de sacar a luz su primer libro. En este sentido Karen Toro, Juan Cristóbal Labarca y Cristóbal Sepúlveda llevan la delantera, pues poseen un bagaje bibliográfico incipiente, pero no menos atractivo: inclusión en revistas, antologías, invitaciones a diversos encuentros poéticos a nivel nacional, lecturas públicas no sólo en la quinta región y la publicación del primer libro: El silencio crece en el jardín de Karen Toro, ed Gobierno Regional de Valparaíso, Valparaíso, 2002; Once cuentos contra la indecisión de J.C. Labarca, ed Gobierno Regional de Valparaíso, Valparaíso, 2003; Poemas para conseguir el orgasmo de Cristóbal Sepúlveda, ed Orgásmicas, Stgo de Chile, 2004. Sin embargo, estos datos no deben obnubilarnos, sólo son la exterioridad de un trabajo intenso, casi secreto que todos llevan a cabo y que, a la hora de concretizarse adecuadamente, logra su cauce natural en el proyecto de la obra cincelada con paciencia. Tal vez esa es una característica que los une más allá de las evidentes diferencias de estilos (o su búsqueda): lecturas y modos de trabajo. Cada uno de estos jóvenes poetas puede dar cuenta de un proceso escritural de lúcida coherencia, donde con variantes nacidas de la voluntad, el interés o la reflexión en ciernes, muestran la articulación paulatina de un tono o manera de abordar o especular acerca de los fundamentos de su experiencia y su trasvasije en materia poética.

Porque cuando hablamos de lucidez nos referimos, tanto en estos poetas novísimos como en los denominados poetas de los 90 a la autoconciencia que todo autor novel o con una obra poética en pleno desenvolvimiento, posee de su tradición inmediata o de la que está más atrás de su generación anterior y ,por otro lado, a la certeza de saber actuar con el lenguaje en vistas de una búsqueda expresiva, teniendo presentes las posibilidades y los límites de esa misma búsqueda, es decir, el conocimiento de la(s) tradición(es) poética chilena y universal, como asimismo el esmerado trabajo de taller ya en la conversación de bar o de casa como al interior de instituciones como la Fundación Neruda, Fundación Balmaceda o recintos universitarios. Tal vez las características que estos poetas presentan, cada cual con la intensidad que le otorga como opción de vida y no como mero pasatiempo, entretenimiento, “hobby” o, lo que es peor, como una extraña y errática búsqueda de posicionamiento público, sean las que les diferencien sustancialmente de varios de sus congéneres de edad similar. Es evidente que ellos no son los únicos “poetas jóvenes” de la Quinta Región y como estas líneas han intentado mostrar, ponen en más de un aprieto a quien desee caracterizarles como poetas porteños. El fenómeno de la poesía sopla con fuerza en las direcciones y vastedades más disímiles. Y sin embargo, varios de ellos se plantean la labor poética con esa seriedad que marca a los que se deciden surcar estos rumbos. Varias ideas se desprenden de aquello: ¿los poetas admitidos cronológicamente en la juventud deben tener una postura preestablecida para dar cuenta de su labor? , ¿es acaso impropia la “seriedad” en poetas de 20 años?, ¿es acomodaticia en poetas de 30? Parece anodino y estúpido responder tales cuestionamientos para quienes han experienciado la Poesía como compleja trama de vinculaciones vitales e intelectuales. No obstante ello, el prejuicio, al parecer generalizado, de identificar la juventud con carencia de rigor, superficialidad y falta de compromiso es una idea no tan lejana a nuestra realidad y se vuelve un obstáculo crucial al instante de valorar con alguna imparcialidad, la obra que estos autores efectúan en el secreto taller de lo cotidiano. A pesar de todo eso, estos poetas son voces que aguardan con paciencia el momento propicio para dar lo mejor de sí. La poesía tiene su tiempo, su propio ritmo interior. Si es de aquel modo, ningún obstáculo o mal entendido puede trastocar o limitar el desarrollo natural de voces como éstas. El tiempo del mundo, con su publicidad, sus requerimientos y sus exigencias, son detalles que pasarán. La poesía que escriben y escribirán estos poetas, ciertamente no.






1 El lector interesado en adentrarse detalladamente en el tema y que desee tener una visión panorámica en torno a la poesía escrita en Valparaíso, al menos desde los años 60 en adelante, puede remitirse, por el momento, a los siguientes textos, hoy por hoy, infaltables (pero no menos discutibles): Álbum de flora y fauna de Marcelo Novoa, ed Gobierno Regional de Valparaíso, Valparaíso, 2002; Zona Cero de Álvaro Bisama, ed Gobierno Regional de Valparaíso, Valparaíso, 2003 y la Introducción a la antología de poetas porteños efectuada por Carlos Henrickson publicada en revista Aérea n° 7, año VII, Stgo-Buenos Aires-Valparaíso, 2004.



2 Pareciera ser que la fiebre generacional es, por el momento, la manera más adecuada para aproximarse tentativamente a la lectura organizada de un corpus siempre cambiante. Sólo como referencia necesaria que espera su clarificación lúcida, es posible mencionar respecto a la vigencia del concepto de generación de los 90 los siguientes textos: el ensayo Los náufragos de Javier Bello, el artículo de Andrés Morales La poesía de los 90 en De palabra y obra ed RIL, Stgo de Chile, 2003, la Introducción a la Antología de poesía chilena joven de Francisco Véjar, ed Universitaria, Stgo de Chile, 1999; los diversos artículos de Julio Ortega que aparecen en Caja de herramientas, ed LOM, Stgo de Chile, 1998. Entre las revistas creemos que sobresale, por la diversidad de sus artículos que tratan el tema, la revista Vértebra números 7-8 , 2002.



3 Por el momento la única referencia que conocemos al respecto es el artículo de Héctor Hernández Montecinos publicado en la versión electrónica de revista Plagio en agosto de 2004.



4 Si se tuviese que caracterizar de algún modo a la llamada generación de los 90, tal vez una forma sería el rastrear en su producción poética, la ingerencia de dos fenómenos que adquieren al interior de esta generación, ciudadanía propia: la traducción de poesía de diversas lenguas (inglés, alemán, italiano) como la lectura de rescate de poetas de antes de los 50, entre ellos Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Teófilo Cid, etc.



5 Referencias para dar cuenta de estos poetas y de varios más de esta zona de Aconcagua de la región de Valparaíso, son las antologías Clepsidra, San Felipe, 1997 y Poesía Nueva de San Felipe de Aconcagua, ed La piedra de La Locura, San Felipe, 2003.



6 En estos poetas novísimos es posible rastrear una diversidad de origen que hace más interesante el cruce de perspectivas y desplazamientos vitales, ampliando las referencias de una eventual novísima poesía porteña: Florencia Smith oriunda de San Antonio y con arraigos entre Valparaíso, Santiago y su ciudad de origen; Cristóbal Sepúlveda a medio camino entre Santiago y Valparaíso al igual que Juan Cristóbal Labarca , Daniel Tapia y Constanza Ceresa ya por trabajo o estudios; Claudio Gaete y Marcela Parra provenientes de Temuco y asentados a partir de 2004 en Valparaíso; Raimundo Nenén desplazándose desde Punta Arenas a Valparaíso y desde ahí a Santiago; Marcelo Soto enclaustrado en Casablanca, pero con domicilio en Valparaíso, etc.



7 Una de las excepciones la conforma la Universidad Católica de Valparaíso que en los últimos dos años ha alentado una editorial estudiantil: El espejo de tinta. A ella a estado vinculado Gonzalo Gálvez y varios jóvenes poetas que siguen una carrera en esa casa de estudios. Ahí se publicó en 2003 Calabriadas, la opera prima de Cristian Geisse. Por otro lado la Universidad de Playa Ancha a propiciado la publicación de sendas antologías poéticas de la más diversa extensión y calidad que reúne, generalmente a sus propios estudiantes. Asimismo la publicación en 2001 de la antología Creación desde la palabra de Arturo Rojas y Felipe Ugalde, patrocinada por la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica Federico Santa María, es un ejercicio desigual sin ninguna clase de criterio orientador de mínima calidad, sin embargo es representativa de la variada y no siempre oportuna participación e interés de las Universidades de la zona en torno a la divulgación de los jóvenes poetas.



8 Por ejemplo las lecturas organizadas en pubs y bares: Bar La Playa, Pub Charles Baudelaire, Bar Proa al Cañaveral, etc ; el Café Literario de la Universidad Técnica Federico Santa María, en donde a su vez, se lleva acabo un Taller de Poesía dependiente de la Federación de Estudiantes y a cargo del poeta Eduardo Jeria y varias otras iniciativas de morosa enumeración.