Sunday, September 16, 2007

LA CIUDAD DE LAS RATAS



Juan Carlos Morales Peña
juancarlos_mrls@yahoo.com.mx

En la pantalla grande de la cadena Cinemark se encuentran actualmente en exhibición diversas películas infantiles de contenidos diversos. Destaca entre ellas “Ratatouille”, una creación del conglomerado Walt Disney, que expresa el creciente grado de complejidad de lo social, que los actores privados de naturaleza corporativa intentan presentar al público; como la expresión de una mentalidad prevaleciente que se funda en el orden de cosas y su constructo ideológico base de la idea de lo global.

He de definir por la tanto, a qué me refiero con el concepto de la “ciudad de las ratas”. Partiendo de la idea de que se les considera un mamífero despreciable, en cuanto se le teme por los microorganismos que portan, además de que ponen en riesgo la salud humana, también el hecho de poseer un hábitat diverso que incluye lugares insalubres y por adaptarse muy bien a los desperdicios de las grandes ciudades.

El término “rata” tiene un uso público peyorativo en contexto de sociedades competitivas y altamente consumistas, se le emplea para designar individuos que son incapaces de prosperar por sí mismos o como denuncia de sus prácticas truculentas para insertarse socialmente, aun sobre los estándares moralmente aceptados por los colectivos sociales.

Sin embargo, a pesar de la veracidad de los argumentos anteriores, la construcción conceptual que hago sobre la base de los insumos y contenidos de la película en cuestión, es la de una ciudad de las ratas que funciona en paralelo a la ciudad del hombre. Ciudad como una plataforma móvil con una estructura de fortalezas, que desarrolla su propia sensación de seguridad y que implica un mínimo de socialización y espíritu gregario entre quienes la habitan.

Ello plantea una capacidad de organización –cuando se ven enfrentadas a problemas graves o ven amenazada su misma existencia–, una capacidad de chantaje –suficiente para inhibir los esfuerzos constantes de la ciudad del hombre para erradicarlas–, un potencial de sabotaje –definido en el empleo y tendencia para causar daño, si se ven provocadas y que constituye su fortaleza como colectivo animal– y finalmente de su capacidad comprobada de adaptación a los ambientes más adversos, lo que denota una disposición instintiva de prevalecer a pesar de la dimensión de las amenazas que se les ciernen, so pena de ser exterminados como colectivos.

Los cuatro escenarios que plantea “Ratatouille”

Pero la ciudad de las ratas vista desde el sofisticado contenido de “Ratatouille”, habla de escenarios entrelazados que obviamente se extrapolan a la ciudad del hombre. Primero establece un escenario en donde se caracteriza un orden material que define condiciones objetivas –ausencia de educación, salud, empleo, vivienda entre otros– que determinan en forma significativa las posibilidades de crecimiento para las ratas en este caso, pero asumidas como personas en el contexto de la película.

Un segundo escenario que se refiere al umbral de expectativas, pasa por el considerando de que los sueños desarrollan un balance entre necesidad de alimentación del presente adverso y la posibilidad futura de estar mejor. “Ratatouille” encarna el típico personaje que cuestiona el estilo de vida del colectivo al que pertenece, y se propone la ruptura de la negativa mayoritaria que práctica su colectivo en lo que concierne al cambio; sea esta motivada por conformismo, incertidumbre o miedo a fracasar.

Pero a su vez “Ratatouille” es también atípico, porque encuentra un don que puede explotar y que intenta orientarlo hacia el desarrollo de actitudes hacia la alta cocina y en general a la magia de los alimentos que puede transformar en exquisitos manjares. Sabe, sin embargo, que para el desarrollo de su sueño, son necesarias ciertas renuncias y allí entra en cuestión la identidad propia y la pertenencia a un colectivo animal, que posee su propia práctica y tradición, siguiendo el guión de interpretarlos desde las perspectivas de la ciudad del hombre.

El tercer escenario que interviene, presenta un París cosmopolita donde ruge una sociedad multicultural, consumista y altamente competitiva; que sustituye el sencillo estilo de vida del suburbio lejano o la provincia enclavada en el ámbito rural. Interpreto que la ciudad de las luces adquiere un significado que impone un concepto de vida; el grupo Walt Disney sugiere que la gran ciudad, asumida como centro de la idea de mundo vendida por los medios de masas, revela inevitables perspectivas y puntos de llegada; que encierran en sí mismos los horizontes de progreso posible.

Es un mensaje para el inmigrante recién llegado al orbe, su condición inicial se determina por su capacidad de supervivencia y adaptación en la ciudad de las ratas –esto es una condición que lo excluye de las redes sociales formales y los servicios públicos–, mientras la cuestión del progreso económico y la integración social se convierten en asignaturas de resolución futura.

El cuarto escenario plantea el peso de la omnipresente sabiduría del padre de “Ratatouille”, como un determinante factor generacional que puede condicionar las decisiones del presente. Este le advierte que la ciudad del hombre, no puede constituir la mejor idea de progreso individual, pues los hombres tienen sentimientos encontrados y lealtades divididas. Ante la posibilidad de fracasar o ser exterminado, es preferible permanecer en la ciudad de las ratas. Este escenario introduce dos componentes, uno de ellos se refiere a la existencia de una especie de “oligarquías sociales” y el otro al dilema de la integración cultural y social en donde se encuentran muy presentes los alcances y restricciones de las relaciones entre los “otros” y el “nosotros”.

La idea fundamental de la cinta cinematográfica


Por “oligarquía social” y, para los efectos de esta reflexión, deberá entenderse como el carácter cerrado y la vocación elitista que define el comportamiento y naturaleza de los gremios profesionales y artesanales inclusive.

La idea fundamental supone que el acto de progresar se funda en un proceso, en una vivencia de los retos diarios de la vida, implica pasar por una escuela donde el aprendizaje se somete a las críticas y presiones de los colegas que se perfeccionan en el mismo arte o actividad. Ello aplica también para acceder al sofisticado círculo de la alta cocina, cuyo estatus y prestigio social se generan desde la aceptación del público y la satisfacción de sus exigencias; por lo tanto estas “oligarquías sociales” actúan como tal cuando dejan claro su monopolio sobre cierto arte o especialidad, que lógicamente no admite casualidades aisladas ni golpes de suerte y sobre todo las membresías se vuelven complicadas en términos de requisitos.

La película “Ratatouille”, finalmente desarrolla el dilema entre los “otros” y el “nosotros”; como un complejo problema de la cultura y la identidad de los grupos sociales y sus evidentes relaciones conflictivas. Francia en este caso no ha sido la excepción, ya en mayo de 1968 determinó el quiebre del modelo tradicional de familia basado en el liderazgo de la figura paterna.

Pero recién, en el 2006, hubo tensión y violencia en los suburbios parisinos, ¿se está frente a un fracaso de la integración social y cultural de las nuevas generaciones descendientes de inmigrantes? o ¿constituye la expresión preliminar del inevitable conflicto mayor entre la ciudad del hombre y la ciudad de las ratas?