Friday, November 02, 2007

La secta de Verencîe


“Que otros, más felices que yo, salven
a los sectarios por la palabra.
Por la palabra o por el fuego”.

Jorge Luis Borges

Por Ana Gabriela Padilla.

Los rastros del color violáceo que quedaron en mi lengua, fueron lo primero que me aseguraba la existencia de lo que pensé había soñado. Desperté con la sensación de estar acariciando un gato blanco y grande –realmente extraño en mí– que me miraba de reojo y se regocijaba del calor de su pelaje con mi mano delgada y temblorosa.

Antes de estacionarnos frente a la casa grande, rodeada de un jardín cuadrangular, estuvimos en una reunión silenciosa y aburrida, donde uno se vive preguntando la causa de su llegada y se anima diciendo que son cosas que se hacen por el cariño o, por lo menos, algún vestigio de cariño que le queda por el agasajado.

Cuando entramos –a la casa grande– las miradas extranjeras y curiosas, que resultan por la llegada de alguien, se apoderaron de nosotros, sólo que éstas no se limitaban a esa sensación a la que me refiero. Quiero aclarar sobre este punto, las que allí sentimos dijeron explícitamente la molestia de una atroz interrupción a lo que se hacía.

Una luz tenue y enardecidas velas que se adueñaban de la orilla de la piscina, permitieron que nos disolviéramos entre la gente que había. Un hombre cantaba, con guitarra en mano, rodeado por la mayoría de los presentes, que se encontraban en un éxtasis ridículo.

El bar, completo y lujoso, se encargaba de complacer el gusto más exquisito. La comida fue servida en bandejas de plata. Volovanes de pollo, empanadas de queso mozarella y unos trozos de plátano envueltos en lascas de tocino, fueron el indique para que unos niños, regordetes y ansiosos, salieran de los rincones oscuros y fríos que tenía la casa, como una plaga en busca de su presa.

Fue allí cuando quise levantarme para ir al baño, pero no pude. Era extraño, las copas de vino que había tomado con Sobalvarro y Leonor no eran demasiadas para justificar mi incapacidad. Le pedí ayuda a León, quien dijo en el camino que se le antojaba “matar a todos estos hijos de puta” porque presentía, por ese ambiente enrarecido y perturbante, que detrás de esas caras extranjeras (placas amarillas) y ciertas entidades famosas del país, se escondía la organización secreta de la que tanto le habían hablado. Yo pensé en la paranoia de León y en todas las ocasiones en que se le metía entre ceja y ceja que la gente estaba en contra de él, que lo querían asesinar o cosas por el estilo. Pero esta vez lo justifiqué: yo también estaba sintiendo lo mismo y había observado que Sobalvarro y Leonor compartían el sentimiento.

En verdad tengo borrado el instante en el que regresamos a orillas de la piscina, sólo sé que estaba acariciando al gato blanco y enorme que recuerdo ahora, cuando Leonor me señaló la copa del que tenía a mi lado. Luego supe que Sobalvarro y León hacían lo mismo que nosotras, se iban deshaciendo, sutil y finamente, del que tenían más cerca con el polvo color azufre que echábamos en las bebidas.

Verencîe, la supuesta dueña de la casa, pedía direcciones y números de teléfono a los que llegaban por primera vez, no se daba cuenta de los pocos que iban quedando. De pronto solos, los cuatro frente a ella, modelamos sonrisas satisfechas y miradas exhaustas por un placer recién pasado. Se echó a reír con unas carcajadas llenas de pánico que luego se diluyeron en el agua de la piscina.

Ahora me he despertado por el estrepitoso llanto de unos niños regordetes y pálidos que están como desquiciados. Veo a mi lado a Leonor, Sobalvarro y León, dormidos profundamente, con el sueño más tranquilo de sus vidas, creo. Yo sólo quisiera que la molestia que siento en la mano, ese rozamiento cálido que no me deja en paz y el maullido de un gato mezclado al llanto de los niños se hicieran más leves, para seguir durmiendo.





Marzo,2005.

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