Sunday, March 15, 2009

Tres voces de mujer, tres micromundos


Painting by Thelma Gómez F., Masaya, Nicaragua, 1989.

Triple zoom tentativo, y tres intentos de close up
(Algunas cavilaciones, inferencias y deducciones en torno a los poemas, narraciones breves y otros textos de Natalia Hernández Somarriba, Gabriela Padilla y Eunice Shade). “…The poem (any poem, but specially a poem having for the poet that character of testament) is fruit, flower, or twig of a tree, and is not fully comprehended without some knowledge of the tree’s nature and structure, even though its claim to be a poem must depend on internal evidence alone”. (Denise Levertov, “Origins of the poem”)

Pedro León Carvajal.


Me siento en el deber de aclarar que he quedado en condición de redactar este texto (es decir, el texto que desarrollaré a continuación) merced a una cadena de felices coincidencias amistosas, sumadas a una actitud propia, básica y elemental. A saber: la de interesarnos por las ideas, los conceptos y las modalidades estilísticas que manifiestan en sus expresiones literarias los más jóvenes, quienes, en este oficio de pensar y de escribir, están heredando activamente las responsabilidades que, los de mayor edad, algunas veces hemos obviado, ignorado o descuidado.

Las tres escritoras a quienes voy a referirme, además de compartir el tesoro (divino por demás) de su edad temprana (todas tres son menores de treinta años) están enlazadas entre sí por recios lazos de amistad, dentro de un sistema de círculos concatenados de relaciones cordiales, que tampoco agota sus posibilidades en este triángulo dentro del cual, por esta vez, las inscribimos a ellas, sino que irradia hacia una amplia constelación en espiral de otras amistades, igualmente juveniles, igualmente dotadas de talento, igualmente movidas por las preocupaciones axiales que señalaré como características de estas tres poetas, cuyas obras he comenzado a estudiar con aprecio, respeto y simpatía.

Estas notas son, por tanto, parte orgánica de una búsqueda mayor, son la pieza inaugural de un proyecto que se propone ser amplio, constante, sistemático, y que, por tales intenciones, todavía está lejos de concluir: el propósito de mantener contacto frecuente y diálogo cercano con los escritores jóvenes, como un deber de perenne cumplimiento, como un imperativo estratégico que nos conduzca a dotar de consecuencia cabal y de sentido pleno lo que los más viejos escribimos, lo que hemos escrito y lo que aún podemos escribir.

1. NATALIA HERNÁNDEZ SOMARRIBA,
“Encuadres visuales, ángulos focales y perspectivas rítmicas, percibidos desde un teclado”.

Natalia (familiarmente, entre Julio Verne y nosotros, “Nautilus”) navega en sus 25-26 años de edad, ha sido estudiante de Comunicación Social, cronista cultural, redactora de revistas de bajo o de ningún perfil literario, ha sido realizadora de videos, parroquiana juvenil en el coro de una bohemia descontentadiza (“un auditorio farandulero de jueves por la noche”, tal como anota y califica ella misma en el poema “Evolución de los Complejos”), protagonista además de encontronazos y de rajaduras de cabeza o de drásticos desgarrones sentimentales intergeneracionales. De confrontaciones definitivas con “más que todo un raudal de vómito seudo marxista” (“Evolución de los Complejos”).

Y para colmo, en señal de reclamo y en busca de auto definirse:
“con el porro en una mano y con el trago en la otra”

Con “coca, ron, monte, sexo…todo” (Post-historia).

Natalia reivindica su condición de “adulta joven”, ansiosa por definir sus alternativas éticas y estéticas, tal como ella nos lo indica en algunos de sus textos. De donde se deriva que el eje de sus actitudes básicas como escritora sea la honestidad crítica, el respetuoso apego a los términos de la verdad. Es decir, la vocación de búsqueda constante de un punto de equilibrio donde coincidan (así sea reñidamente) nuestras hondas verdades personales, y las amargas verdades de nuestro entorno social. ¿Viste?
Porque se percibe en el trabajo de Natalia un empeño, con visos de obstinación, por cumplir a fondo con el rito pitagórico del examen regular de nuestra consciencia, una introspección frecuente, sistemática, obsesiva, implacable. Característica que debemos potenciar, si la sumamos al cuidado con que la joven escritora aplica a sus composiciones textuales unas técnicas de proyección visual, traídas por vías expeditas desde el campo del cine y del video.

“Paneos de derecha a izquierda/ y de izquierda a derecha”, nos acota, por ejemplo en “Vintage; o nos sugiere “snapshots rectangulares”, para captar el ritmo visual de una secuencia en “Apología por labios con coca”, donde además nos propone una rauda sucesión fílmica de imágenes de fuerte impacto sensorial:
“Música alta,
vapor de puesta,
niño corriendo,
lectura a luz de lámpara”.

Y para que no resten dudas, plenamente consciente de su inclinación por hibridar disciplinas, en un verso conclusivo Natalia nos concede: “Aunque este podría ser guión de filme independiente” (“Disco doble”, 1).

Una vez asumidos estos ángulos, nos separa medio paso para comprender porqué los temas o los asuntos de sus textos se refieran a las personas, los objetos, las circunstancias y las situaciones de su entorno cotidiano, de ahí el afán recurrente de la auto-definición, no sin ribetes auto-hamletianos. (Ese sueño fantástico, esa quimera utópica y lírica del Hamlet female, Antígona actualizada, Electra rediviva, Virginia Woolf), de ahí la visión franca, desolada y mordaz que enfatiza Natalia de sí misma, la asunción espontánea de su condición y situación de género, sin caer tampoco en los extremos de cierto feminismo fundamentalista, amigo de revanchas y de ajustes rencillosos, un feminismo a ultranza que anda manoteando y pululando por ahí. Las actitudes, las asunciones de posición femenina en Natalia, por el contrario, son más espontáneas, más naturales, fluyen desde el sustrato de algunas situaciones ampliamente consideradas, discutidas y vividas. Pero no por ello son menos sistemáticas, insistentes, puntuales, definen necesarias posiciones de principio, irrenunciables. Aunque también puedan revestir la forma de unas sencillas actitudes cotidianas:
“calentando cera y depilándose las piernas” (“Intertexto de mi vida”) o: “la necesidad de piyamas y otros valores” (“Desdefiniciones”), o usar; “unas sandalias con las que me cuesta caminar, pero se me ven bien” (“Si la naturaleza sigue su curso”).

Por otra parte, (y éste es otro índice igualmente capaz de definir el perfil cultural de nuestra época), aparecen mezcladas en sus textos las referencias a las esferas de alta y baja cultura, las marcas de productos de mercado, el cine comercial, la música popular de consumo masivo, la telefonía celular, algunos lugares comunes de la política, la presencia entrometida de la propaganda y las trampas comunes (Scila y Caribdis, Ulises, James Joyce) que nos acechan desde los medios masivos de comunicación.

Por encima de tales mezclas heterogéneas, priva la preocupación por construirse un lenguaje literario, a la vez que personal, muy suyo, en el que las referencias al habla corriente, o al lenguaje de la publicidad, o a la jerga estudiantil, o recurrir irónicamente a términos propios de la sociología, al inglés o al espanglish, son apenas algunos entre un abanico amplio de otros elementos, de otros posibles términos de elección.

Por otra parte, aún, notemos que el material biográfico, transubstanciado en expresión literaria, se viene inscribiendo gradualmente dentro de un demorado proceso de reflexión, de maduración, de decantación, de distinción necesaria entre lo superficial y lo accesorio y accidental. El resultado escrito nos presenta a una joven de vigoroso perfil intelectual, independientemente de que la autora, llevada por su exacerbada pasión de honestidad, confiese vacilar y oscilar entre los objetivos y la disciplina que exige una vocación literaria, y las solicitaciones de otras inquietudes artísticas, igualmente valiosas, como la pintura, la crónica cultural, la danza, el cine y el video.

Queda pues en suspenso si al final Natalia tendrá que decidir, escoger drásticamente entre la absorbente dedicación literaria, de frutos siempre abstractos, y las tentaciones, los resultados prácticos de una carrera ligada al cine y al video. O si encontrará tal vez una fórmula feliz que le permita balancear, canalizar equilibradamente en una sola actividad (cualquiera de ellas) la posible excesiva dispersión de sus variados talentos.

2. NOCTÍVAGOS, libro inédito de Ana Gabriela Padilla, (*1984), “Entre la selva salvaje del idioma y la noche peregrina del alma”.

De perfil literario experimental y abstracto, Ana Gabriela Padilla ubica sus composiciones a un otro lado de las posibilidades referenciales inmediatas del idioma, es decir, circula a distancia prudencial del habla corriente, provincial, nacional o sub-regional. Gabriela construye en tierra de nadie una morada verbal, un recinto, un ámbito sonoro y significativo que va quedando hilvanado por el conjunto de sus expresiones infrecuentes. “Apabullez, murmullante, nébula, álgico, bayuno, amenguado, esperpanto (sic), escrótico, el díptero larvático, el incicuérvido”. En el espesor cultivado de tal floresta verbal, los referentes inmediatos, geográficos, históricos, situacionales y aún una buena parte de los afectivos, menguan sus valores usuales, y (para potenciarse) reorganizan sus esquemas de referencia alternativa. De tal manera que una alusión topográfica común, Cuscatancingo o Popogatepe, por ejemplo, puede determinar el perfil significativo del conjunto de claves cifradas que se entrelazan y encierran en el poema.

Concluyamos infiriendo que uno de sus predilectos protagonistas es el idioma, considerado como materia prima artística, como medio atmosférico básico, a partir del cual se procede a una construcción verbal que crea su propia esfera, que incuba su propio ámbito de novedosas significaciones. Gabriela no demuestra temor de recurrir a un lenguaje atrevido, desusado, creativo, de recurrir a cierta metodología selectiva que (aunque la misma amplía y agiliza el espectro de nuestro léxico) es considerada pecaminosa por los redactores en jefe de algunos suplementos literarios de la culta San José de Costa Rica (según nos consta por escrito), por ejemplo, amén de conjurar las recriminaciones de otros inquisidores o académicos de parroquia que ronden, aleteen o repten sueltos por ahí, seguramente.

Gabriela, en cambio, usa con desenfado las palabras, las manipula con sentido lúdico, las ase, las pellizca, les da vuelta, las punza, las desinfla, las injerta e hibrida, las fuerza a contorsionar, a exhibir sus dislocadas vísceras, las obliga a reptar por el revés de sus propias entrañas, apela sin escrúpulos al neologismo, a la paradoja, al contraste extremo, más otros monstruosos injertos de recursos verbales y de técnicas visuales. He aquí algunos de sus versos, espigados entre los de mayor fuerza de impacto y carga expresionista:
“Vetusta manía de insípida flema que acalambra” (Signum eternus),
“De nuevo es ese
el neófito que despierta
el meyótico viene a beberse
la placenta reciclada de tantos siglos” (Pater Noster)
“La manta fabricada de lluvia y de lombrices” (Noche Alta)
“La masa putrefacta no mordía más tus talones
la carcomiste con tu ceño agudo” (Estar si en)
“tendones opacados de su lepra”. (Popogatepe).

En algunos casos, la misma secuencia de los versos nos sugiere la clave de las significaciones híbridas:
“las arengotas, las arenosas gotas frías…”

O lo que termina de redondear el sentido de un verso es el mecanismo rítmico de las aliteraciones:
“avinados y avenidos de madrugada…”

Pero tampoco debemos soslayar el punteo rítmico que imponen los esdrújulos distribuidos a todo lo largo de su fraseo. Pronto necesitaremos a uno de esos críticos contadores, calculadores exactos de cifras y de porcentajes, para sacar la cuenta de esa larga cadena de esdrújulos que pautan ritmos y contra-ritmos en el inspirado y beligerante discurrir de Ana Gabriela. Para no hablar de algunos felices experimentos con las rimas consonantes alternas y con las medidas de versos regulares. Como en “Noche Alta”, soneto, al itálico modo, es decir, en versos endecasílabos, con las rimas ABBA),
El mundo afectivo de Ana Gabriela Padilla (y ésta también puede asumirse como otra característica grupal, cuando no generacional) no se refleja ni traduce en una secuencia torrencial de declaraciones sentimentales, o en intentos de resurrección de recursos románticos momificados, sino apenas en un discreto, velado a veces, parpadeo que compone secuencia en la sucesión de las dedicatorias. Ezequiel de León Masís, María Fernanda, Ricardo Castrorrivas, Rolando Quijano, Anna Santos, Genoveva Calero, Wilfredo Fuentes, Leonor Silvestre, son algunos de los pilares maestros que sustentan y orientan la estructura afectiva del mundo de Ana Gabriela.

Como referencias literarias significativas mencionemos a CMR, a Friedrich Nietzsche, autores citados cuyas obras, cuyas ideas, cuyas maneras de pensar y de actuar, condicen con la poética que esta joven escritora ha comenzado a desarrollar y exponer en este libro. O mencionemos de nuevo a Ricardo Castrorrivas, cuya irradiación cordial, amistosa, fraterna, cifra y sustenta toda la carga afectiva que dota no sólo de una recia infraestructura emotiva, sino de precisa orientación social y cardinal al poema “Esbozo de Cuscatancingo”.

Noctívagos, es poesía nocturna en más de un sentido, abismada en sus persecuciones de significados inusuales, en el espesor semántico de su denso espectro metafórico, en el afán de confrontación o al menos definición de contrastes entre elementos de signos opuestos, en el énfasis irónico sobre algunas actitudes desencantadas, siempre en tenso, en dinámico equilibrio con otro sentimiento de disfrute, de goce a plenitud de la edad juvenil y de la vida.

“…que entregue en alta noche, madrugada
las ganas de vivir sobre esta tierra”

(Tezontle.)
Ganas gozosas que tampoco nos eximen de la confrontación, del debate, de las necesarias invectivas, de la repetida batalla por definir una arte poética, a partir de contrastarla contra cierta mezquindad ambiental, contra cierta perversidad congénita, en suma, contra las actitudes viciadas de algunos lamentables ejemplares humanos, a quienes y con quienes fatalmente nos toca tratar, conocer y hasta departir.

Son ellos esos “quejumbrosos dípteros de larvas” que acechan en el poema Aedes.

O son: “Los rostros burlescos y amenguados, los aguados rostros…”, que fisgan desde “Otras Contemplaciones”.

O son ese trío de espantajos que preside la deleznable rueda de aficionados de “Decires cotidianos”: La mujer engalanada y perversa, el lamentable patriarca procreador y (last but never least), “el incicuérvido”).

Mamarrachos morales, guiñapos intelectuales cotidianos, mojigangas municipales, endriagos y vestiglos, esperpentos y “esperpantos” (sic) a quienes (de acuerdo con la tradición que nos heredera el autor de El Monstruo y su Dibujante) les dedicaremos siempre la actividad insomne, febril e implacable de:
“Una mano que dibuja el rencor para hacerlo visible”

(Otras contemplaciones).


3. Eunice Shade (*1980), “EROS, ÁGAPE Y FILEOS”.


Anotaciones de lectura sobre el libro de poemas “Escaleras Abajo”, de Eunice Shade (Ediciones Marca Acme, Managua, 2007-2008, 102 páginas).

“Zurrük zu den sachen selbts”, fue una consigna indagadora que a comienzos del siglo XIX, se propuso toda la Aufklärung alemana, y que a la vuelta de aquel siglo rindió fruto en sistemáticas claves para conocer y entender el pasado y el presente del pensamiento especulativo de todos los tiempos y todos los lugares. O (para expresar nuestra idea en otros términos menos abstractos) supongamos que todo camino para el ascenso, debe pasar por un ineludible descenso previo, tal como sucede en el desarrollo articulado de La Divina Comedia.

De manera semejante, con entusiasmo análogo, los y las jóvenes escritores de Nicaragua han decidido volver sobre algunos pasos perdidos por la vieja inteligentzia tribal, en procura de algunas claves olvidadas del pasado literario. En este sentido resultan emblemáticas las alusiones y citas con que Eunice Shade abre su libro, o encabeza con epígrafes que presiden algunos poemas, con referencias a Virginia Woolf, James Joyce, Vicente Huidobro, Denise Levertov, Gonzalo Rojas o nuestra Ana Ilce Gómez.

Unos versos de Huidobro, extraídos de la lectura de Altazor, parecen ser los responsables por el título del libro de Eunice.

“Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer”

Vicente Huidobro pareciera ser un punto cardinal de reencuentro para varios de estos jóvenes poetas. (Recordemos que Huidobro es además el autor intelectual del título de la antología “Pequeños Dioses”, que tarde o temprano deberá ser objeto de nuestras reflexiones). Mientras que otro punto notable de frecuentes coincidencias es Borges Acevedo Jorge Luis, eso salta a la vista, a despecho de Borges haber quedado ciego. Además de las referencias frecuentes a Carlos Martínez Rivas, que ya son seña de preferencia decantada, exigencia de seriedad, de rigor y de respeto intelectual.

Este descenso de escaleras encuentra múltiple traducción en el desarrollo interno del volumen. Así descendemos, por una parte, en un regreso al pasado personal, a las fuentes de experiencia vital de la autora, en un empecinado afán por analizar la conducta propia, en particular, tanto pasada como presente, y de paso argumentar en contra de quienes censuran algunas actitudes y costumbres consideradas escandalosas, basados en los prejuicios de una sociedad conservadora y provinciana. Es decir, descendemos y condescendemos a plantear, razonar y discutir nuestros nuevos códigos, al mismo tiempo que argumentamos el rechazo necesario y radical de algunos antiguos patrones de comportamiento,
“Medusas hipocristianas
evasoras de espejos
sostienen palmas alcohólicas
vidrios carnívoros flotando
entre sus callos callados
y se creen unicoscuras
por eso perfectas”

Eje de esta temática: La autodefinición, como proceso en curso, inconcluso, siempre en ciernes. El intelectual encarna al individuo que se autoanaliza, que practica las mortificaciones del auto-Hamlet dariano, pero no cerrado sobre sí mismo, sino en interrelación con el medio amable u hostil que le rodea, con las costumbres, con los mecanismos y las instituciones que lo confirman en su ser, o que lo descalifican o reprimen. Concentrándose en cambio en un diálogo solidario con un cordial círculo de amigos, en comunión fraterna de actitudes, de convicciones y de experiencias.

Escaleras Abajo es pues un libro que ha madurado cobijado bajo la sombra del amor humano. Amor, en todas sus formas de manifestación (que son tres, básicamente, según lo entendían los atenienses de la época clásica: “eros, fileos y ágape”).

En primer lugar “eros”. Amor por el compañero de vida y de luchas, por el aliado más cercano en las preocupaciones o las alegrías cotidianas, amor expresado con entusiasmo y con sentido de mesura.

“…aquí tu espalda se guarda plena
descansa el peso solar en tus hombros,
por eso dormimos entrelazados
invirtiendo las posiciones…”

Luego, amor por los amigos, por el círculo de amigos que con su cercanía hacen la vida no sólo más llevadera, sino más intensa y más cargada de motivos de fruición, amigos artistas empeñados en “forjar la consciencia increada de nuestra raza”. De paso, amor compartido por los maestros de la literatura, y luego por la naturaleza, por las plantas y hasta por los animales, como sucede en el poema “Flush”, con un epígrafe del libro homónimo de Virginia Woolf.

Notemos, por otro flanco, la recurrencia del parricidio y la rebeldía razonados. Un poema significativo es el dedicado a la madre. “¿Qué pasa Madre?” (páginas 45-46). Pliego de reivindicaciones y de reclamos, acta de probanza, ajuste de cuentas morales, que trasciende los límites de la mera confrontación individual. Causa identificada con la lucha por sustraerse a los mecanismos de la enajenación (la religión incluida). Además de negar las perspectivas de culminación y el horizonte de realización de la clase media. Afinidad que coincide con ciertas tendencias parricidas, heréticas y desclasadas que señalábamos anteriormente, expresadas en los relatos de Rodrigo Peñalba Franco.

En general, percibimos una confrontación de criterios con las generaciones precedentes. Un desafío a la ideología convencional, con un discreto énfasis puesto sobre las llagas de la religión dominante, insistimos. Léanse desde esta perspectiva: “Invierto la sangre de TU Cristo”, (página 29). “Jesús sensorial”, (35). O todavía:
“quiero que no haya religiones de ningún tipo:/
la única religión debería ser la lluvia
y nuestro rostro mojado hacia el cielo”

(Utopía latina, página 39).

Pensemos además estas ideas en clara sintonía con el fastidio de Natalia Hernández cuando expresa: “me sofocan las luces navideñas” en el poema “Pupilas Dilatadas”. O todavía con mayor claridad cuando en “Si la Naturaleza sigue su curso”, nos afirma que le parece banal, inútil e intrascendente discutir o referirse a la existencia divina.

En este orden de ideas, entenderemos mejor, más ampliamente el sentido y el contexto de tales actitudes cuando leamos que en el poema Noctívagos, Ana Gabriela Padilla nos describe que “en la negrura se yergue una virgen acéfala sobre sus cráneos”. O cuando rechaza la usurpación que ha hecho San Jerónimo de los atributos y capacidades de la vieja hechicera del volcán Popogatepe.

En cambio, como elemento de contrapeso y de equilibrio, en el libro de Eunice se expresa una intensa ternura inspirada por los abuelos y los bisabuelos. Véanse los poemas: “Tal vez en Centroamérica” (9):
“…los callos de doña Mercedes Campos de Martínez
son los más antiguos del istmo,
son duros y capaces de sonreír
a las más ácidas lágrimas”

O en “Papa Euclides” (49).

“Su vejez fue como la luna y la brisa
entre mis ojos…”

O en “Infinitas horas en su rostro”, poema dedicado a su abuela materna Doris Martínez Campos:
“…veo a una mujer sombría
labios decimonónicos
con la marca de una lágrima en sus pestañas,
una mujer con un aforismo por mirada”

O todavía, en un plano muy cercano a la afectividad familiar, se da constancia de una pasión devoradora por nuestros maestros del arte y la literatura, o bien por sus criaturas literarias. “Rayo”, página 31, está dedicado a James Joyce, mientras que el poema de la página 21, anuncia desde su título su veneración solidaria por, y su identificación plena con, Stephen Dedalus, the artist as a young man.

Y para culminar, está muy presente la amistad desinteresada e igualitaria. Un valor persistente entre los jóvenes, en medio de la actual crisis axiológica. La amistad, tan generosa que no excluye de sus términos a los familiares consanguíneos. La nota final de agradecimientos (página 107), las dedicatorias dispersas a lo largo de Escaleras Abajo, nos ofrecen abundantes indicios. Debemos entender que este libro es fruto de esa amistad, desde el diseño de su portada, hasta la corrección de pruebas y otros trámites de edición, pasando por todo el arduo y demorado proceso de elaborar cada poema.

Amor ardiente éste de la amistad, del cual no están excluidos ni siquiera algunos enemigos de nuestra mayor confianza, como podemos leer e inferir, a partir de algunos poemas como: “Las Medusas del bar” (página 27), o: “Tengo a tres” (página 91). Poemas que nos sugieren que tales confrontaciones también pueden conformarse como imperativos colectivos, sobre todo si señalamos la coincidencia con la invectiva lanzada contra ciertos “infrahumanos, seres marítimos de hace 3,500 años” que nos delata Natalia en “Vintage”, o con las mencionadas ruedas de patriarcas procreadores, de matronas detestables, y de incicuérvidos colaterales, que nos señala Ana Gabriela.

4. ALGUNAS CONCLUSIONES
En cuanto a la temática, no es ésta una poesía que preconiza la redacción imperiosa y recurrente de declaraciones sentimentales. Por el contrario, se da en los tres casos una búsqueda de equilibrio entre el sentimiento y la reflexión, entre la pasión y la cavilación razonada. Los mismos sentimientos se ven sometidos al imperio de otras leyes que los trascienden. Nos alejamos, a ojos vista, de aquella poesía, ya sesentona, de auto exaltación feminista, cundida de alusiones anatómicas y orgánicas, empapada de exaltadas secreciones menstruales. La poesía escrita por mujeres supera al fin unos años de incontenibles menstruaciones y de cuantiosas dilapidaciones hormonales.

En consecuencia, con semejante pérdida de interés, se da, en cambio, un notable esmero por el lenguaje: Notemos la ausencia de un exteriorismo desabrido y simplorio. Negación rotunda de aquella poesía “tallerista” que pretendía reproducir poetas y poemas mediante fórmulas de extrema simplificación. Esta poesía nueva viene preñada por todas las complejidades, ambivalencias y dudas que es capaz de experimentar una mentalidad joven, normal y saludable. Pero también se sitúa al margen de los desenfrenados excesos de figuración y de ornamentación barroca que, más recientemente, nos había traído una oleada de lezamalimismo mimético, irreflexivo e inerte.

Insistamos en la fuerza de los intentos por reducir, por sujetar a dura rienda, el habla local. Los esfuerzos sistemáticos por construir una zona autónoma de lenguaje literario, artístico. Renunciando a la dependencia servil, o a la pretensión ingenua de escribir “tal como se habla”. Maniatados por una sencillez canalla, fementida y artera.

Señalemos la afiliación a ciertas coordenadas literarias. La búsqueda sin fronteras de mentores intelectuales. Repitamos una vez más los nombres de James Joyce, Vicente Huidobro, Virginia Woolf, Carlos Martínez Rivas, Ana Ilce Gómez, Denise Levertov, Gonzalo Rojas. Espacio de felices coincidencias, zona de afinidades electivas.

En resumen, en el oficio de nuestras tres poetas prevalece un afán de equilibrio, tanto en el lenguaje, como en las actitudes, en el estilo, en el enjuiciamiento o la invectiva. Un afán de equilibrio que admite diversas gradaciones, y un espectro infinito de variaciones plausibles. Leemos o escuchamos en estas tres voces de mujer, una poesía no solamente desenfadada, sino incisiva, beligerante y atrevida, una literatura de experimentación y de búsqueda, comprometidas con la expresión verbal, precisa y eficaz, con la búsqueda de nuevos signos ideológicos, tanto en los procesos de definición propia como en la ajena o colectiva.

Escaleras Abajo, Noctívagos y los poemas del volumen inédito y aún sin título de Natalia Hernández, señalan interesantes puntos de partida, hitos firmes en el contexto de largos caminos que recién se emprenden, sin pretensiones de tomar por asalto las necesarias finalidades finales. Estas generaciones nuevas nacen ya convencidas de que el trabajo artístico, que la forja de una obra duradera, exigen “paciencia, silencio, exilio y astucia”.

Tegucigalpa, viernes 241008-miércoles 051108.

(Suplemento Nuevo Amanecer Cultural. El Nuevo Diario.
Managua, Nicaragua.
Sábado, 03 de Enero de 2009)


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