Wednesday, July 15, 2009

LOS ZAPATOS Y EL SOMBRERO MÁGICO DE VIOLETA


Silvia Ascencio.
Taller Literario Suchitoto Nuestro
Suchitoto_nuestro@yahoo.es

Había una vez en un pueblo muy lejano, cuyo nombre no recuerdo, donde hacía varios años la gente no vivía en paz y nunca nadie sonreía y tampoco conocían el don de la felicidad porque todo en el pueblo era dolor, angustia y desesperación. En aquel lugar, en una humilde casa hecha de paja con ventanales de zacate, con piso de tierra y piando la pobreza se encontraba una señora de buen candor esperando con ansias un bello regalo del cielo. Su nombre Soledad. Al igual que los demás habitantes era parte del silencio pueblerino junto a su padre Don Belarmino quien siempre era visto sentado en un viejo taburete, fatigado de la vida, con su cabello nevado y sus ojos melancólicos deletreando unas lecturas de la Biblia con unos pedazos de lentes que un día se encontró en el parque. La señora Soledad siempre lo acompañaba.

—Papá! —dijo Soledad— tienes que acostumbrarte a como es la vida en el día de hoy, aunque yo espero que algún día vuelva a ser como en los viejos tiempos.

El anciano triste, respondió:

—No sé si mis ojos verán nuevamente un bonito amanecer.

Y así pasaban los días hasta que Soledad, una noche cuando la luz de la luna estaba en su esplendor, trajo al mundo a una hermosa niña, brillante como las estrellas y tan mágica como el viento que se lleva el olor de las rosas. La niña en sus ojos dibujaba una alegría infinita. Soledad junto a su padre decidieron llamar a la pequeña Violeta porque su lindura era igual a la de las flores. Soledad, a pesar que su esposo había fallecido entre la oscuridad de aquel pueblo, se esforzaba por ser feliz con su pequeñita. Fueron pasando los días, las semanas, meses y luego los años… Violeta había crecido. Su madre había conseguido un humilde trabajo de
lavandería. En una ocasión, Soledad llevo a Violeta a su lugar de trabajo. La casa de los patronos era muy grande y lujosa. Con unas salas hermosas y unos jardines florecidos. Lo tenían todo. Bueno, casi todo. Porque no tenían la llave especial del amor. La pareja de esposos de esta casa siempre discutían por todo. El hombre maltrataba a su mujer. Le daba golpes como quien entrena en boxeo. Sus hijos le temían y se escondían debajo de las camas. Miraban el sufrimiento de su madre.

Ubicada en su área de trabajo, Soledad comenzó a lavar, mientras la niña le
preguntaba:

—¿Madre, aquí también pasan encerrados como mi abuelo?

—Sí, hija. Sólo van del trabajo a la casa.

—Pero, ¿madre, por qué estos niños se miran tristes?

—No lo sé chiquita de mi alma. No lo sé… —contestó la señora un poco triste, porque sabía muy bien de la vida sufrida de los niños de ese pueblo.

Pronto regresaron ambas a su modesta casa.

La niña Violeta desconocía del dolor y sufrimiento que vivían todos porque ella siempre le sonreía a la vida. En su rostro figuraba una felicidad enorme. La gente se asombraba al mirarla.

Un día Violeta muy ansiosa le preguntó a su abuelo:

—Dime abuelito lindo, ¿Por qué los vecinos y tú viven muy tristes y desesperanzados?

Don Belarmino con los ojos llenos de lágrimas le dijo:

—Cuando yo era un niño, igual que tú, este pueblo era muy feliz. En los árboles siempre habían aves entonando sus cantos. En las tardes, la familia toda unida, disfrutaba de un hermoso atardecer al compás de la Orquesta Sifónica del Pueblo. Era tan marivolloso que desearía volver a esa época.

—Pero abuelito, ¿por qué ahora viven en silencio?, ¿Ni en el día hay personas en el parque?, ¿Ni en el árbol más lejano se escucha el trino de una ave?

—Pues, porque hoy —dijo Don Belarmino sollozando— el tiempo ha cambiado tanto. Porque hasta me acuerdo que la vecina de mis padres, compartía con nosotros unos de sus ricos frijolitos que cocinaba. Todo era paz y armonía. Pero con el transcurso de los años todo cambió. El tiempo fue perdiendo todo lo bueno que tenía. El amor se transformó en odio. El respeto falleció sin darnos cuenta. Y así transcurrieron los años. Mis padres murieron. Yo formé mi propia familia. Nacieron mis hijos, entre ellos, tu mamá. Y así también cambió el pueblo. Pues como verás, mi chiquita, ni en los árboles más bellos hay un pájaro cantando. Así ha ido muriendo nuestra paz y alegría.

—Abuelito, no te pongas a llorar…

—Me duele el dolor actual de mi gente. ¿ Cómo es posible que la vida no valga nada, que la juventud viva sin propósitos, que los padres maltraten a sus hijos y los hijos irrespeten a sus mayores?
No hijita mía, la respuesta no está en tener cosas haciéndole el mal a los demás.
Esto se vé sin futuro creo que moriré sin mirar la anhelada paz.

—No, abuelito. Verás que no. El tiempo cambiará y aún será mejor que antes. Porque yo le voy a pedir a Diosito para que nos ayude.

—Ojala , chiquita de mi corazón, Dios nos escuche! —dijo Don Belarmino, un poco consolado. Mientras que la niña para verlo sonreir un poco le contaba chistes e historias muy bonitas. Pero, era imposible borrar la tristeza de aquel anciano.

Ya entrando a la semana de festejos de aquel pueblo, como tradición de todos los años, a todos los niños y niñas les regalaban un obsequio. Así Violeta estaba muy ansiosa porque llegara ese día.

—Oh, Dios! —comenzó a decir Violeta— Tú que todo lo ves, ayúdanos a salvar a nuestro pueblo que está atado al dolor y a la angustia. Hazme ese milagrito.

Y así se durmió la niña con ese pensamiento tan noble.

Entró en un sueño tan maravilloso en donde ella se miraba con un sombrero y un par de zapatos mágicos que la hacían volar entre las nubes. Esto a la gente, le causaba gracia y sonreía sin temor. Se olvidaban del dolor que les acongojaba. Y así siguió soñando la niña, viendo a su pueblo libre de la miseria y de tanto sufrimiento.

En la mañana siguiente, despertó con el cantar de los gallos. Los encargados del pueblo pasaron de casa en casa, dejando el regalo de cada pequeño. Tocaron a la casa de Violeta. Soledad y Don Belarmino, recibieron el regalo de la pequeña.

—Hija, ¿no vas abrir tu regalo? —dijo soledad.

—No, madre. Lo haré después. Se me hace tarde para ir a la escuela.

—¡Qué Dios te bendiga hija!

—¡Hasta pronto, mamá y abuelito!

Violeta iba muy entusiasmada rumbo a la escuela porque era el día de la fiesta. Al salir al primer recreo, reconoció a un niño, hijo de los patronos de su madre, que estaba en lo mejor de darse a golpes con otro niño.

Violeta corrió para donde ellos e interrumpe la pelea.

—¿Qué les pasa, por qué están peleando?

El menor reconocido por Violeta, le contestó:

—Pues mira pequeña si mi padre todos los días golpea a mi mamá. ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo con el compañero?

A lo que Violeta respondió:

—Pero tu padre no vino a la escuela y nunca supo de moral. Tú aún puedes cambiar porque te estás educando para ser un hombre de provecho a la sociedad. Y acá en la escuela nos enseñan a fraternizar con nuestros compañeros para que tengamos paz y un mundo mejor.

El niño se sintió mal y pidió disculpas al compañerito agredido.

—Gracias, por hacerme razonar —dijo el niño.

—Recuerden compañeros de que si sus padres no tienen valores, pues nosotros
enseñémoselos a ellos —concluyó Violeta.

Al llegar la noche, la pequeña Violeta, se acordó de que no había abierto su regalo todavía. Llegó a su camita encordelada de cuero de vaca y comenzó a descubrir su regalo. Su sorpresa fue que el regalo consistía en un par de zapatos y un sombrero mágico. La niña se quedó muy asombrada porque eran los mismos que había
soñado.

La niña se puso los zapatos y luego el sombrero. Pensó en volar y ya estaba volando. Violeta se sentía tan feliz que pensó en contárselo a su madrecita y abuelito.

—¡Este regalo es maravillo! —dijo Violeta. Es el mejor que haya tenido en mi vida. Nunca pensé que mi sueño se hiciera realidad.

Luego los tres —Soledad, Don Belarmino y Violeta— se fueron a la iglesia. La pequeña llevando la caja del regalo. En el camino, un grupo de hombres de mala cara, los detuvieron para hacerles muchas preguntas.

Uno de esos malhechores les preguntó:

—¿Es verdad que ustedes son las personas más felices de este pueblo?

A lo que Don Belarmino contestó:

—Si los demás no son felices, ¿cómo podemos nosotros estar alegres? Nuestro pueblo está llorando a gritos agigantados. ¿Cómo crees que vamos a reírnos si también nuestras lágrimas caen al ver a este pueblo apagársele la vida?

Los hombres poco entendieron las palabras de aquel anciano. Otro de ellos le preguntó:

—¿Por qué dices esas palabras anciano sin razón, si apuras penas has salido hoy de tu choza?

Violeta les dijo:

—Las palabras de mi abuelo son muy ciertas y sabias porque vivió la paz, la justicia y la libertad en su tiempo y hoy le causa mucho dolor mirar a su pueblo encarcelado en la miseria.

Aquellos hombres quedaron boquiabiertos al ver la madurez precoz de la niña. Uno de ellos dijo:

—Esta niña es demasiado extraña.

Otro, frotándose la quijada, le preguntó:

—¿Acaso eres mágica chiquilla?

Y el último de ellos la miraba de pies a cabeza y exclamó:

—¡Esta niña es un ángel del cielo!

Sin decir una palabra más, aquellos hombres, se marcharon. Mientras que Violeta y su familia seguían su camino a la iglesia.

Antes de llegar a la iglesia. Violeta se percató del llanto de una menor que trataba de esconderse en una de las bancas del parque. Violeta dejó a su familia por un instante y se acercó a la niñita y le preguntó sutilmente:

—¿Por qué estás llorando?

—Porque tengo frío y mucha hambre.

—¿Y tus padres?

—Mi mami me dejó acá mientras busca algo de comer para las dos.

—¿Y tu papá?

—A él nunca lo conocí.

En ese momento, Violeta recordó que también ella no había conocido a su padre. Pero sabía mucho de él, a través de Soledad, quien le contaba que cuando él supo la noticia de que ella estaba embarazada, el muchacho hasta bailaba de cabeza como un trompo. Además, en sus primeros meses de embarazo, el padre de Violeta, arrullaba canciones en el estómago de Soledad hasta el día fatídico de su muerte.

Por tal razón Violeta era una niña llena de amor y ternura porque sus padres desde que estaba en el vientre le daban todo el cariño del mundo.

Violeta conmovida le regaló a la menor su único suéter y un par de monedas que andaba en su pisterita.

La menor agradecida, abrazó fuerte a Violeta. La familia de Violeta acompañó a la menorcita hasta que llegó su mamá.

Violeta y su familia siguieron su camino hasta llegar a la iglesia.

Estando en el lugar, Violeta se dirigió corriendo hacia el altar, se arrodilló, luego cerró sus ojos y comenzó hacer la siguiente oración:

—Oh Dios!, gracias te doy por el regalo. Sé que tú me lo has enviado porque es bonito y mágico. Pero para mí la mejor magia que tiene que haber es la sonrisa de los niños y que ellos no sufran hambre y frío; que sus madres no sean maltratadas por sus esposos; que los hijos respeten a sus padres tanto como los padres
a sus hijos para que hoy en esta fiesta nazca solamente amor. Y que en el mundo entero no haya más guerras y que reine la paz en los hogares y las naciones.
Como bien dice mi madre, sólo tú nos puedes ayudar a cambiar a nuestro pueblo y al mundo, por eso yo te ofrendo este par de zapatos y este sombrero mágico, aunque son muy especial para mí. Pero, tú me conoces y sabes que para mí, la mejor magia es el amor.

Y dejando su regalo en el altar, salió Violeta de la iglesia junto a todos los niños del pueblo rumbo al parque a la quema de pólvora. Dando inicio la reventazón de juegos pirotécnicos, en el cielo solamente se dibujaban con las luces el par de zapatos y el sombrero mágico que Violeta había dejado en el altar.

En ese mismo momento, los padres acariciaban a sus hijos. Los esposos abrazaban a sus esposas. La gente sonreía amigablemente como quienes acababan de despertar de un letargo. Don Belarmino abrazando a Violeta, esta vez lloraba de la felicidad infinita que sentía. Soledad inició un coro alegre de amor y paz y todo en aquel pueblo cambió.

***


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