viernes, marzo 25, 2011

24 de marzo: Día de Monseñor Óscar Arnulfo Romero


Mensaje de Inauguración del Dr. Héctor Samour, Secretario de Cultura de la Presidencia, en la Exposición de fotografías “Romero: Voz y Mirada". Día de Monseñor Romero, en el Museo Nacional de Antropología (MUNA).

San Salvador, 24 de marzo de 2011.

Una vez Monseñor Romero dijo:
“… carbón que ha sido brasa con nada que sople…prende.”

Se lo decía a César Jerez, provincial de los jesuitas centroamericanos, mientras caminaban por la Via della Conciliazione, con el Vaticano al fondo, en una noche de luna nueva allá por abril de 1977, durante la primer visita que hiciera como arzobispo de San Salvador a Roma.

Recordaba en ese entonces Monseñor que sus verdaderas raíces se arraigaban en una familia muy pobre, y que sus estudios en el exterior y sus primeros trabajos con la Iglesia a su regreso lo alejaron de esos orígenes.

La miseria, recordaba esa noche, se le volvió a mostrar al trabajar en Santiago de María, pero que lo que más lo impactó fue cuando, ya siendo arzobispo de San Salvador, inició su gestión recogiendo cadáveres de sacerdotes en calles e iglesias y, en especial, el de su gran amigo, el padre Rutilio Grande, en Aguilares, donde lo asesinaron junto con otros feligreses.

Ahí reconoció haber sufrido un gran cambio. Esa noche en Roma, terminó diciendo:
“Cambié, sí, pero también es que volví de regreso…”


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Y Monseñor regresó a su pueblo. Unos han visto esto como conversión, otros como evolución, otros como un “proceso constante de búsqueda de lo que Dios quería de él en cada situación”.

De cualquier forma que se llame, lo esencial de este momento de Monseñor es que sus raíces originarias se removieron profundamente y se actualizaron vertiginosamente –en tiempos cortísimos– ante el sufrimiento y la violencia que sufrían los sectores más pobres que apenas iniciaban con balbuceos y oraciones sus protestas y búsquedas de justicia.

Ha sido muy reconocido que Monseñor, desde entonces, tuvo una “nueva mirada” ante el sufrimiento de los pobres, y que desde su gran sensibilidad humana y desde el motivante reencuentro con su pasado, también llegó a asumir una “nueva voz”.

La exposición que hoy inauguramos se llama “ROMERO: VOZ Y MIRADA”, y es una muestra del interés de Monseñor de mantenerse cercano a la gente humilde a la que siempre perteneció y a su realidad histórica, a su entorno nacional e internacional que proporcionaba un sentido de ubicación y de significación a su acción liberadora.

“Voz” y “mirada”, un compromiso que lo marcó hasta su muerte, hasta ser “un Cristo traspasado” más, como Monseñor llamara a Grande y a los otros sacerdotes mártires.
Hubo una “voz” y una “mirada” diferentes en Romero. Fue una verdadera transformación que lo hace adquirir “nuevas dimensiones” que, ahora en un mundo cada vez más internacional, no terminan de crecer y de ser reconocidas plenamente.

Pero creo que hay que completar este proceso del “nuevo ver” y de la “nueva voz” con un elemento unificador y superador: la “nueva acción” de Monseñor.

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Inmediatamente a la muerte de Rutilio Grande, Monseñor hace una misa única en memoria del sacerdote asesinado –lo que desagradó a los sectores llamados altos de la sociedad, suspendió las actividades en los colegios católicos y prometió no asistir a ningún acto oficial…


Esa fue una verdadera protesta con la cual inició el alejamiento inmenso de su iglesia de esas formas tan injustas y represivas que el Estado, y en general el poder político, utilizaban para disolver y desorganizar las acciones populares.

Ignacio Ellacuría, entonces exilado en España, escribe en esa oportunidad a Monseñor Romero, a quien hasta ese entonces había considerado como muy cercano a las fuerzas conservadoras del país y del Vaticano, reconociéndole su decisión con una frase reveladora de este otro elemento que nacía en su hacer:

“porque he visto en la acción de usted, el dedo de Dios”.

Romero y Ellacuría coincidieron, entonces, proviniendo desde distintos caminos y desde distintas áreas de acción. Romero desde la práctica religiosa, Ellacuría desde la práctica filosófica y teológica, aunque también desde la práctica de la religión. Coincidieron en una praxis de la realidad histórica con intención liberadora.

Ambos se enseñaron desde sus prácticas e ideas, ambos aprendieron de la acción de cada uno de ellos. Romero y Ellacuría tuvieron un lugar y una acción privilegiados de encuentro: la “realidad histórica” (de opresión al pueblo) y la “praxis de liberación” .

Llegaron ambos a repetir casi al unísono un eco del martirio cristiano, que para muchos era escandaloso: “Me alegro, hermanos, de que la Iglesia sea perseguida. Es la verdadera Iglesia de Cristo. Sería muy triste que en un país donde se está asesinando tan horrorosamente no hubiese sacerdotes asesinados. Son la señal de una Iglesia encarnada”. Pueblo e iglesia se confundieron en la historia y en la acción por la liberación.

En una de sus homilías, Monseñor planteó como se forma esta integración pueblo/iglesia:
“En primer lugar, una iglesia es una construcción de piedras vivas.
La figura es bella. Dice la lectura de hoy que Cristo es la piedra fundamental y sobre esa piedra todos ustedes cristianos son piedras vivas; no son piedras muertas, materiales.
Cada hombre con sus cualidades, con sus carismas, con su grado de santidad, es una piedra viva. Estamos construyendo un templo de la gloria.
El esplendor de Dios ilumina ese santuario hecho con hombres de las canteras de la tierra, iluminada con la luz de espíritu, con sangre del bautismo, que es sangre de Cristo. ¡Qué bello destino el de la vida humana! Cada hombre es una piedra viva.”

Y así, reconociendo piedras vivas y “brasas prendidas”, para Monseñor Romero decir la verdad a los poderosos se convirtió en camino de liberación y de esperanza, respondiendo al odio con el amor en camino de la salvación.

«La esperanza será pronto una realidad», decía Monseñor implicando que la esperanza no es una promesa de ultratumba ni en una idea de consolación. La esperanza en una superación efectiva y real de la injusticia social no es, desde el punto de vista bíblico, una esperanza para el futuro. Es una esperanza para hoy, realizable en el ahora en que decimos y escuchamos estas palabras.

La nueva “voz”, la “nueva mirada” y la “nueva acción” han hecho de la de Monseñor Romero, una biografía insólita: de ser un confiable de los grupos poderosos para mantener el “status quo” a un firme defensor del poder del “pueblo histórico”, del “pueblo de Dios” y a ser “San Romero de América”, aún sin sitio en el santoral oficial aunque sí en el corazón y la voluntad de los pueblos del mundo entero. Monseñor está construyendo y tiene un sitio en el futuro que debemos, como el decía, hacerlo pronto.

Hoy sus asesinos cada vez caen en el olvido, mientras la causa de fondo de Monseñor sigue viva y ardiente como la “brasa” incandescente, tal como el llegó a sentirse entre su gente y lo que en verdad es hoy en el corazón de la gente humilde de la tierra.

Quisiera Dios que también los jefes actuales de todas las iglesias en todos los sitios del mundo, prefieran perder bienes, dignidades y hasta la propia vida, con tal de permanecer fieles al “pueblo de la sangre de Cristo”.

Muchas gracias.